ESCRIBIR PARA NIÑOS (Carmen Gil)

            Escribir para niños no es un destierro, es una auténtica vocación.

            Escribir para niños no lo hace cualquier escritor. Para eso –además de ser bueno con la pluma; de escribir prosa, poesía o teatro con calidad literaria,- hay que establecer una comunicación, una conexión especial con el mundo infantil.

            Para escribir para niños no hay que convertirse en niño; pero sí  entablar una relación de empatía con ellos, que ha de fluir espontáneamente, y que en ningún caso se puede forzar.

 

            Si nadie duda de que buen escritor no puede serlo cualquiera; tampoco yo dudo  de que cualquier escritor, por bueno que sea, no puede escribir para niños. Y..., puesta a elegir, prefiero a los que llegan a la escritura por una inclinación natural hacia la infancia a los que, inclinados naturalmente hacia la gloria literaria, llegan  a la literatura infantil como un camino secundario para obtenerla.

            A la candidez  uno ha de dirigirse desde la candidez –que no desde la simpleza-; a la ingenuidad, desde la ingenuidad –que no desde la ñoñería-; a la fantasía, desde la fantasía –que no desde la cursilería-...Y candidez, ingenuidad, fantasía...son rasgos de la personalidad  que no se pueden inventar.

            Los que por su profesión están, como yo, en contacto directo con chavales y libros, saben bien de qué hablo. Cuántos libros premiados, galardonados con consideraciones y menciones, se mueren de tristeza y aburrimiento en un rincón de la biblioteca de aula. Cuánta antología poética aleja a los niños de la poesía más que acercarlos. Y es que...¿hay alguien que se pare a pedirles opinión antes de editar un libro? Curiosamente, la antología poética más popular entre mis muchachos de doce o trece años es De todo corazón 111 poemas de amor. Para seleccionar los poemas, José María Plaza –de una manera, desde mi punto de vista, inteligente y respetuosa con el público infantil y juvenil-se paseó por los institutos y fueron los mismos alumnos los que eligieron. ¡Bravo, José María!

            Y para qué hablar de los grandes mensajes, de las enormes palabras, de las continuas enseñanzas doctrinales. .. ¿Es que los adultos no podemos dejar de mirar a los niños siempre desde arriba? ¿Es que no podemos dirigirnos a ellos sin tratar premeditadamente de enseñarles algo, de dirigirles la vida, de decirles implícita o explícitamente lo que tienen que hacer? ¡Pobres niños! Qué cansancio..., ¿no? Entre padres, maestros y escritores dándoles la lata, no es extraño que se rebelen inconscientemente y elijan la literatura rompedora y transgresora de Roald Dahl.

 

            Escribir para niños es un acto de comunicación sencillo, en el que no podemos olvidar nunca quién es el receptor: el niño –y no sus padres, ni los críticos literarios, ni los editores, ni otros colegas escritores...-. Y esto parece que, a menudo, se nos pasa por alto a los que nos dedicamos a esta tarea, que debe ser una auténtica vocación y no un destierro.