Una visión divertida y disparatada de la infancia de Rodrigo Díaz de Vivar

 

LAS AVENTURAS DEL PEQUEÑO CID

 

El pequeño Cid Rodrigo

con Sancho, su buen amigo,

en su burra sin montura

marcha en busca de aventura.

 

Sobre su burra Lucera,

con la espada de madera

que le hizo su padre ayer,

mil peligros va a vencer.

 

Él sueña que de mayor

va a ser el Cid Campeador.

Cabalgará como una rayo

con Babieca, su caballo.

 

Tras un monte, de repente,

se asoma un monstruo rugiente:

un animal melenudo;

y el niño empuña su escudo.

 

"¡Ay!, un león, ¡vaya susto!

O me escondo en este arbusto

o me traga de un bocado",

berrea Sancho espantado.

 

Rodrigo no se impresiona,

saca su espada Tizona,

mira al león, pega un salto

y se le sube en lo alto.

 

Le hace cosquillas deprisa

y al león le da la risa.

"León, harás lo que mande,

no eres más que un gato grande".

 

 

El león mira a Rodrigo

y ruge: "¿Serás mi amigo?

Soy un león vagabundo,

no tengo a nadie en el mundo".

 

Sancho sale con su escudo

y un gorro en forma de embudo.

Lleva una flor en la mano

para el león africano.

 

                Camina el león tan pancho

con la burra, el Cid y Sancho.

y gritan los tres perplejos:

"¡Se ve un castillo a lo lejos!"

 

Abre Rodrigo la puerta

con la espada y muy alerta.

Sabe que hay en los castillos

fantasmas por los pasillos.

 

El niño, de un empujón,

mete a Sancho y al león

Deja a la burra Lucera

atada a un árbol de fuera.

 

Entran a una sala oscura

con estatuas, armaduras

y una gran lámpara extraña

cubierta de telarañas.

 

El león y Sancho van

temblorosos como un flan

-se les mueve hasta el ombligo-

siempre detrás de Rodrigo.

 

Sancho escucha un estornudo.

De un salto, pierde el embudo.

Corriendo con el león,

se esconde tras un sillón.

 

De pronto, por la escalera,

con bufanda y orejeras,

baja un fantasma amarillo

de la torre del castillo.

 

Moquea, tose, estornuda...

"Tienes, fantasma, no hay duda,

un catarro de elefante",

le dice el Cid tan campante.

 

Para curarle el catarro,

en un gran tarro de barro

prepara un jarabe el niño

con miel, limón y cariño.

 

Con un caldo de gallina

y el tarro de medicina,

el fantasma resfriado

en un rato está curado.

 

Feliz, sin frío en los pies,

se despide de los tres

dando aullidos de alegría:

"Venid a verme algún día"

 

Les da un regalo genial:

un casco muy especial

de un caballero valiente

que ayudó a un montón de gente.

 

Se pone el casco Rodrigo

y por un campo de trigo

se van los tres con Lucera,

bajando por la ladera.

 

Pasa por allí Jimena,

una niña alegre y buena

que, desde un árbol cercano,

les dice adiós con la mano.

 

Rodrigo al ver tal belleza

se aturulla, se tropieza,

se cae al río y se aleja

con un pez en cada oreja.

 

Se pone, ¡qué disparate!,

tan rojo como un tomate

A ella le divierte mucho

ese niño tan flacucho.

 

Y se van juntos los cinco

-Rodrigo pegando brincos-

a atravesar la llanura

en busca de otra aventura.

 

               Autora: Carmen Gil (http://www.poemitas.com)