La aventura de leer y escribir

 

Gladys Dávalos Arze

 

 

Desde niña me han gustado las aventuras. Como he crecido en la región de las minas aledañas a la ciudad de Oruro, mis “grandes” aventuras consistían en hacer excursiones con mis amiguitos por los socavones de las minas y por los Cerros Pie de Gallo y San Felipe. Hacíamos de cuenta que éramos bandidos y ladrones, en otras ocasiones, asaltábamos los trenes en la estación de un pueblo fantasma y en otras, me dejaban ser la odalisca de las mil y una noches, donde yo cabalgaba en un inmenso camello cruzando el desierto de candentes arenas. Estas arenas no eran otra cosa que los arenales que rodean Oruro, pero para nosotros eran el desierto del Sahara.

 

Mientras era “pequeña”, mis padres y abuelos me dejaron vivir mis aventuras. Nunca me inhibieron porque era “mujercita”. Tal vez porque crecí con esa libertad, después me sentía muy a gusto leyendo libros de aventuras: “Robinson Crusoe” y “Ivanhoe”, Julio Verne y su “Viaje al centro de la tierra” y toda su serie de los más osados e increíbles viajes. Sin embargo, las aventuras que más me cautivaron fueron las de “Los tres mosqueteros”. En todas me identificaba con Aramis y vivía, sufría, peleaba a punta de espada, hablaba y me enamoraba como él.

 

Pronto me di cuenta que todos estos personajes eran varones. Los varones la pasaban bien, los varones tenían aventuras. Había que ser varón para pasarla bien, divertirse, viajar, explorar, conocer otras tierras. Sólo a los varones les era permitido ser aventureros. Y esto se volvió más duro cuando llegué a los fines de la adolescencia. Ya no era la niña “marimachu” que podía trepar árboles y hacer lo que quería. De pronto hubo un cambio muy duro. La familia entera me cuidaba y no quería que salga ni a la esquina. No había manera. Así yo nunca podría (ni pude) vivir ni siquiera una pequeña aventura ni ningún viaje de exploración... entonces empecé a construir mis propias aventuras.

 

En la soledad de mi cuarto, por cuya ventana miraba yo al patio cerrado, que terminaba en un muro al frente, comencé a vivir mis propias y más locas aventuras. Empecé a escribirlas y a divertirme mucho con ellas. ¡Nadie podía prohibirme hacerlo! De ese modo, cuántas veces traspasé el muro como ser superpoderoso e invisible, cuántas veces el muro se convertía en una mínima tapia ante mis saltos gigantescos para salir al mundo, cuántas veces lo dinamité con la imaginación, cuantas veces volé por encima con alas enormes y salí a vivir mis aventuras. De este modo descubrí algo maravilloso: que el escribir me permitía escapar de una realidad que no me gustaba, de la opresión que nos obligaba a las mujercitas a “morir en vida”. Descubrí que el escribir me daba la libertad que requería para vivir.