DÍA NUBLADO
Allá arriba, por el cielo, una nubecita oscura
fue cambiando sin que nadie aquí abajo lo notara.
Al principio, era una oveja de redondeada figura,
pero después fue tomando forma cada vez más rara:
en poco tiempo se infló como pan con levadura,
alargándose después, como si alguien la amasara;
fue elefante, dinosaurio y un dragón todo negrura
que le sopló al pobre sol sol el humo sobre la cara.
Carlos Marianidis
CANCIÓN DEL GATO TROVADOR
Soy el Gato Trovador
que maúlla en los tejados,
en galpones y tinglados
cuando nadie puede verme,
porque medio mundo duerme
y sólo quedan despiertos
los gatos enamorados.
Yo le canto a todo el barrio,
a chiquitos y a grandotes,
loros, lauchitas, perrotes
y, sobre todo, a la luna
que quiero más que a ninguna,
porque gracias a ella veo
si me tiran con cascotes.
Y aquí me pongo a cantar,
al compás de las estrellas,
que son las cosas más bellas
que hay en el firmamento
y ahora me voy, atento,
mientras trepo a mi terraza
para encontrarme con ellas...
Carlos Marianidis
EL TÍTERE
En un trozo de tela quedó envuelta la mano:
dos botones por ojos, una nariz de felpa,
un manojo de hebras de lana la cabeza
y su sonrisa ingenua, un cordón colorado.
La voz de la muchacha se quedó entre sus labios
y él solo dijo un cuento para la simple audiencia.
Se estremeció su cuerpo, tembló su cabellera
¡y vieras los pequeños, qué atentos lo escucharon
narrar sus aventuras por éstas y otras tierras!
Quisiera describirte toda aquella inocencia.
Quisiera dibujarte los rostros asombrados.
Después, todos se fueron. Y la tela fue tela,
botones los botones y otra vez hebra, la hebra.
Mas no sabes, los niños... ¡qué felices soñaron!
Carlos Marianid
CABALLO DE CALESITA (O CABALLO DE TIOVIVO)
Prendida a su cuello de madera blanca,
la crin se deshoja, sucia y desteñida.
Ha perdido el brillo su mirada de agua
y falta en su hocico la aureola amarilla.
Entre los estribos oxidados de alba,
de rocíos calmos, de calmas lloviznas,
su vientre redondo, con cierta elegancia,
cuelga todavía
y es aún su cola la espiga trenzada
que flameaba al aire las tardes de brisa.
Creo que lo arriaron en una mañana,
al cruzar un charco, orejas erguidas
y desde ese día, cabalga, cabalga
con seis compañeros entre la neblina.
¡Ay, si hemos corrido...! Esta vida gira
mucho más a prisa que aquella manada.
Ahí va mi caballo... ¿Me conocería?
Aún salta tan niño como yo saltaba.
Un amor furtivo le ha puesto la marca
de dos corazones sobre una rodilla;
por eso ahora todos en círculo marchan,
mirándose siempre, por si los lastiman.
Les han puesto un toldo de rojiza chapa
y un corral de espinas...
y un cartel que a veces se ve en noches claras,
al iluminarse las gotas que giran
después de las lluvias en las telarañas.
Un cartel que dice: "Lo siento. No pases.
Aquí sólo entran criaturas y hadas".
Carlos Marianidis
CANCIÓN DEL NIÑO ENAMORADO
Te digo este secreto
a ti, que eres mi amigo,
pero tan sólo a ti,
que siempre estás conmigo.
Hay una niña hermosa
que se sienta a mi lado,
que cuando me sonríe,
me pongo colorado.
Ayer me dio una hoja
y le presté un crayón
y dibujamos juntos
los dos en un rincón.
Hoy llevó una tortuga,
le dimos torta y flan,
la subimos a un árbol
y bajó en tobogán.
Mamá me dio permiso
y a la niña invité
a venir esta tarde
para tomar el té.
Vas a ver que se ríe
y es como un conejito
que te pone contento
y te pone loquito.
Mi secreto te digo
a ti, perro travieso:
cuando ella te mire...
¡le voy a dar un beso!
Carlos Marianidis
MARCELO CARAMELO
Marcelo Caramelo
ríe a un metro del suelo.
Él viene cada día
aunque el agua esté fría,
porque tiene un barquito
de madera y trapito
que al renacuajo espanta
y a las ranas encanta,
pues siempre asoma alguna
que desde la laguna
da un salto hasta el velero
y hace de marinero
y hasta es seguida a veces
por tres o cuatro peces,
que aunque no tengan patas
juegan a ser piratas.
Marcelo Caramelo
tiene ojos de cielo;
por eso, cuando mira
su barco, todo gira
y la madera -al fin-
se vuelve bergantín
y el trapito, una vela
que con el viento vuela.
Yo me siento en un borde
del agua hasta que engorde
la vela con la brisa
y el barco zarpe, a prisa.
-¡Saludos, Capitán!
Las hormigas están
despidiendo al pequeño
con pañuelos de sueño
y, bajo las sombrillas
hechas de manzanillas,
caminan a la par
del barco que va al mar...
Carlos Marianidis